En el nombre del padre: lo que en verdad significa la figura paterna

No se trata de decir simplemente “con mis hijos no te metas” o “a mis hijos los educo yo”. Se educa con respeto y con el ejemplo.

La presencia del padre o de quien ejerce la figura paterna tiene un impacto grande en la vida adulta. | Fuente: RPP Noticias | Fotógrafo: Getty Images

El Día del Padre, celebrado hace unos días, nos colocó en medio de mensajes a través de las redes sociales y música del recuerdo, como el clásico de Piero, ese que dice: “Es un buen tipo mi viejo…”. Los grandes almacenes promocionaron productos para papás guapos, esbeltos y exitosos; los colegios organizaron actuaciones y desayunos con los padres; y el domingo los restaurantes estaban llenos, etc. Las ciudades se volvieron una fiesta para agasajar al papá.

Una semana después todo volvió a la “normalidad”, es decir, el padre vuelve a su rol habitual de proveedor económico y “ejemplo del hogar”, aquello que agradecían los hijos e hijas.

El padre tiene la difícil tarea de frustrar a sus hijos y no darles todo lo que piden, así forjarán su personalidad. | Fuente: RPP Noticias | Fotógrafo: Getty Images

 La complejidad de la figura paterna

Esta semana, conversaba con un adolescente de 16 años en el consultorio, él se mostró agobiado por su futuro vocacional, y me contó lo angustiado que se sentía luego que en la celebración por el Día del Padre, su papá le dijera a todos sus familiares que su él será ingeniero, siguiendo sus pasos y los de su abuelo. Era claro que al adolescente no le gusta esa profesión, es más, dice no ser bueno para las matemáticas; pero sobre todo (y cito textual, con su autorización) dice: “No quiero hacerle a mis hijos lo que mi papá nos hizo… que por su trabajo viajaba o estaba todo el día fuera y nunca tenía tiempo para jugar…”

Es así, que mientras escuchaba el reclamo sollozante de mi paciente, se me venían imágenes y voces de las decenas de veces que he escuchado lo mismo de otros adolescentes y adultos - hombres y mujeres- que constantemente reclamaban la ausencia de su padre en importantes etapas de su vida. Recordaba a una señora de más de 40 años tendida en el sofá del consultorio, sufriendo al recordar que inventaba que su papá era una persona muy importante, por eso viajaba mucho alrededor del mundo y nunca podía estar presente en las actuaciones del colegio.

Recuerdo también al joven de unos 25 años que maldecía cada vez que su padre lo bañaba en agua fría mientras le pegaba con la correa, porque “no le hacía caso”. O está el caso de una monjita que de niña fue abusada sexualmente por su tío, hermano de su padre, y que nunca se sintió protegida por su progenitor (vaya similitud de palabras estas últimas), al contrario, este encubría al agresor para evitar un escándalo familiar.

Hay niños que constantemente se quejan porque sus padres nunca quieren jugar con ellos ni monopolio, ni cartas, ni ludo, ya que lo consideran aburrido; en cambio, hay otros a quienes sus padres les imponen qué jugar; por ejemplo, el fútbol, porque ese deporte “lo hará hombre”. O están aquellos que les inculcan modales equivocados: escupir en la calle, insultar a quien te meta el carro, silbar a las mujeres (mejor si puedes meterles la mano), darle un puñete al primero que moleste; decirle ‘negro’, ‘cholo’ o ‘indio’ a otra persona como señal de superioridad; gritar ‘maricón’, ‘chivo’, ‘rosquete’ a todos aquellos que no se ven “tan masculinos” como uno desearía; y un largo etc.

Un padre se enfrenta a situaciones nuevas y a sus fantasmas del pasado. | Fuente: RPP Noticias | Fotógrafo: Getty Images

El rol del padre

La presencia del padre o de quien ejerce la figura paterna (no necesariamente el padre biológico), tiene un gran impacto en la vida de los hijos e hijas. No se trata de decir simplemente “con mis hijos no te metas”, “a mis hijos los educo yo”, “yo fui criado así y no me pasó nada malo”. Se trata de educar con respeto, con ejemplo, con tiempo para los hijos e hijas, con paciencia, con diálogo, con negociación, y con mucho amor.

Ser padre (o madre) no es una tarea fácil y constantemente nos reta a situaciones nuevas, nos enfrenta a nuestros fantasmas del pasado, cuando teníamos la edad de nuestros hijos y no queríamos cometer los mismos errores de nuestros padres.  

Citaré a dos profesores y maestros de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP) que me dieron dos grandes lecciones. Por un lado, Luis Jaime Cisneros en una clase de lengua dijo: “A los niños siempre hay que decirle al oído -y mientras duermen- que los amas”; por otro lado, Carlos Iberico me contó sobre un diálogo que tuvo alguna vez con su hijo adolescente: “Uno como padre tiene la difícil tarea de frustrar a sus hijos y no darles todo lo que piden, mucho menos darle todo aquello que uno no tuvo cuando era niño, porque uno como padre no sabe si lo que quiere tu hijo, es lo que tú deseabas a esa edad”.