Los niños y la muerte

Es importante que los niños participen de un ritual de despedida y de duelo ante la pérdida de un ser querido, ya sea el abuelo, el padre, la madre, la mascota, etc.

Los niños sí conocen la muerte y cada uno tiene representaciones distintas de la misma. | Fuente: Getty Images

Hace unas semanas el abuelo de Santiago y de Emilia falleció. Si bien el abuelito pasó sus últimos días internado en el hospital por una enfermedad pulmonar, su esposa e hijos rechazaban un diagnóstico adverso y trataban de aferrarse a la esperanza de un milagro, pero ello no sucedió. Como todas las muertes, esta fue dolorosa, y era labor de los deudos hacer el manifiesto a toda la familia y amistades, quienes dentro de su pena y dolor se preocupaban en cómo les darían la noticia a los nietos.

Santiago tiene cinco años y Emilia, tres. Los padres de ambos siempre estuvieron de acuerdo en que ellos sepan desde el principio que el abuelo murió y que participen de los rituales fúnebres; tal como sucedió hace dos años atrás con el fallecimiento de la bisabuela, quien había convivido con ellos. Algunos familiares opinaban que los niños no entenderían lo que estaba pasando, sufrirían y se quedarían con el ataúd como última imagen.

Lo cierto es que el día que el abuelo falleció, el papá de los niños recibió la noticia por una llamada telefónica estando él junto a sus dos niños y esposa. Era obvio que el dolor se convirtió en llanto y desconsuelo por parte de ambos padres y los niños no tardaron en notar que algo malo estaba sucediendo. “¿Qué está pasando mamá?”, dijo Santiago. La mamá de los niños, junto al padre y ambos aún llorosos, decidieron contarle: “Santi, estamos muy tristes porque ha sucedido algo muy penoso…recuerdas que el abuelito Abraham estaba enfermito y por eso caminaba lento, hablaba despacio…”. Ante ello el niño afirmaba con la cabeza, con rostro desconcertado…la madre continuó: “pues el abuelo ha fallecido…y ya no estará con nosotros…”. Santiago interrumpió: “no entiendo nada…”. Emilia, por su lado, estaba dando vueltas en la cama de forma inquieta y tratando de divertirse.

Probablemente un niño de cinco años no entiende el significado de la palabra “fallecimiento” pero sí de su sinónimo; por ello los padres, tratando de guardar tranquilidad le dijeron: “el abuelito ha muerto”. Santiago por fin entendió la palabra, hacía preguntas relacionadas a la vida y a la muerte o al tiempo de vida de las personas; además, había escuchado de la palabra “muerte”, “morir”, “estar muerto” y diversas conjugaciones por los medios socializadores, como por ejemplo: tiene un amigo del colegio que su mamá murió por un cáncer, ha visto películas o series de superhéroes donde alguien “moría”, ha visto cómo “se mueren” las rosas del rosedal de la abuela, y cuando preguntaba por su bisabuela luego de uno o más años, se le respondía diciendo que “había muerto” haciéndole recordar el ritual del cual participó cuando tenía tres años: echar sus cenizas al mar y al pueblo de Tarma, donde ella nació (hecho que recordaba como un viaje largo y aburrido en auto). Entonces, la muerte no es ajena a los niños. Así, tras escuchar Santiago que su abuelo había muerto se echó a llorar al lado de su papá. El niño entre llanto y mocos decía: “mi abuelo…voy a extrañar a mi abuelo”, era evidente que sabía realmente lo sucedido. Mientras tanto, la niña Emilia de tres años seguía revolcándose en la cama como si nada sucediera.

Tras un momento de lágrimas y la familia más tranquila, comenzaron a prepararse para salir de casa. Santiago al ver que su hermana actuaba “como si nada pasara”, le dijo: Emilia, ¿y por qué no lloras si el abuelo ha muerto?; ella respondió: yo no quiero saber nada de eso, no quiero escuchar (mientras seguía dando vueltas en la cama. Luego, cuando el papá se acerca a Emilia para cambiarla, ella le susurra al oído mientras lo abraza: papito…tú nunca me vas a dejar, ¿no?).

Ya en el velorio, los familiares continuaban con comentarios y recomendaciones acerca de que los niños no deberían ir al velorio y en caso lo hicieran no deberían acercarse al ataúd. Sin embargo, fueron los mismos niños quienes pidieron ver al abuelo en aquella caja donde estaba descansando, tal y como papá y mamá le habían contado. Los niños, igual que los adultos “acariciaban el vidrio”, colocaban flores sobre el ataúd, preguntaban por qué estaba dormido y qué pasaría con él, a dónde se iría ahora. Por su parte, la mamá de los niños les repreguntó: ¿A dónde crees tú que se irá?, y Santiago respondió: yo quiero que esté en el cielo, como una estrella. A lo que la mamá reafirmó: pues allí estará siempre. Ambos sonrieron y se abrazaron.

¿No volvió a llorar el niño? Sí lo hizo, fue en la misa de cuerpo presente y cuando veía llorar a su prima de 13 años por el abuelo. ¿Volvió a preguntar por el abuelo? Sí, varias veces, y siempre encontraba consuelo cuando sentía que estaba en una estrella, y que pudo verlo antes que “se vuela estrella”.

Entonces, podemos ver que los niños sí conocen la muerte y cada uno tiene representaciones distintas de la misma, basada en creencias religiosas, mitos o fantasías de niños; y cualquiera de ellas es válida porque lo que realmente es importante es que los niños participen de un ritual de despedida y de duelo ante la pérdida de un ser querido, ya sea el abuelo, el padre, la madre, la mascota, etc. que el niño sepa que ya no estará presente de cuerpo pero que siempre tendrá un lugar importante en su mente, corazón o alguna parte del universo. Es importante que participe del velorio o del entierro o de echar las cenizas al mar o del ritual que la familia escoja. Es imposible que una persona pueda elaborar una pérdida con tan solo decirle que murió de la noche a la mañana sin mayor explicación. Los seres humanos, desde niños hasta adultos mayores, necesitamos despedirnos de nuestros muertos y llorarlos; eso ayudará a vivir un duelo más saludable mentalmente.